Querida abuela
Todo está revoltoso y difícil
Querida abuela, ayer nos juntamos a ver el partido en familia. Me resulta un poco raro decir esto pero, desde que te fuiste, Argentina ganó un mundial y ahora, ya está jugando otro. El paso del tiempo ante el duelo es una cosa bastante extraña. Que estuve muy muy triste seguramente lo podrás imaginar. Enojada, como pocas veces en mi vida, también. Por momentos, en todos estos años -pocos, poquísimos- que pasaron desde tu partida, también sentí mucha frustración, me hice mil preguntas, quise echarle la culpa de tu repentina enfermedad a factores injustificables y me castigué un poco por no haber hecho muchas cosas que quería hacer con vos. Pero, sí, no dejé de sentirme nunca agradecida por haberte podido disfrutar durante treinta y cinco años. Lo cual me habilita a decir que pasé mi vida entera al lado de mi abuela. Pero ayer mientras hacía empanadas de carne, no podía dejar de pensar en estas cosas que siguen sucediendo desde que te fuiste. Creo que la muerte nos deja un malestar pesado, como una espina clavada en el pie que no se puede quitar nunca, sintiéndola a cada paso que damos. Entonces caigo en la cuenta de que ganó Argentina algunos meses después de tu partida en aquel 2022 y que no lo festejamos juntas. Ahora, otra vez, volvemos a sentarnos frente a la TV y me pregunto si quizás estaríamos en tu casa viéndolo. O no. Quizás yo ya estaría aquí, en otro país, lejos tuyo y te llamaría por videollamada. Lo cual sin dudas me rompería el corazón tanto como ahora.
Las cosas van cambiando muy rápido, abue. No es solo que Argentina salió campeón y ahora vuelve a jugar, incluso con Messi, que muchos pensábamos que ya se iba a disfrutar de un buen descanso. El mundo va a una velocidad que ni vos ni yo podríamos seguir. Estoy segura que vos me dirías “pero vos trabajás con eso de la computadora, entendés todo” y yo intentaría explicarte qué significa trabajar con eso de la computadora por vez número mil y te contaría que no, no entiendo todo, pero porque tampoco me esfuerzo en hacerlo. Se activaron algunos otros focos de guerra, nuestro país cambió de presidente, probablemente seríamos tus nietos y tus hijas los que te compraríamos los remedios y la comida porque los jubilados en la Argentina de hoy tienen que elegir si morir de hambre o de no tomar sus medicamentos… es un mundo mucho más cruel e injusto desde que te fuiste, abue. Están pasando muchas cosas.
La muerte nos deja la espina clavada en el talón, ya te digo. Porque, por ejemplo, desde que nos fuimos del cementerio aquel julio, cualquier cosa que hago, o que me pasa, vos volvés. Estás ahí, de algún modo, conmigo. Y no porque crea en el más allá o porque piense que realmente estás ahí como un fantasma simpático mirándome. No, no es eso. Sino que, independientemente de que la vida es totalmente absurda sin abuelos, me resulta muy difícil que haya sucesos importantes en mis días y no poder contártelos. Preguntarte qué pensás. Tanto de lo que pasa en mi casa como en el afuera. Antes me cuestionaba si eso iba a dejar de pasar alguna vez. Pero ya entendí que no. Y prefiero que sea así.
Me mudé dos veces de país y no dejo de preguntarme si hubieras venido. Si te hubieses animado a subirte a un avión y a quedarte algunas semanas disfrutando conmigo, con tus bisnietos, el mar, otras comidas, otros caminos. O cuántas veces te llamaría si no fuera así. La muerte también nos deja un poco eso, ¿no? Rompe de un modo tan sutil con nuestra cotidianeidad, nos incomoda a lo largo del tiempo de manera que no estamos muy seguros qué es eso que sentimos. Muchas son las veces que siento molestias internas. No son dolores, ni temas físicos, ni siquiera esa ansiedad que a veces galopa en el pecho. Es una especie de piedra, ni tan pesada ni tan dura, que se va alojando en diferentes partes del cuerpo y la memoria y me va dando recordatorios: este paisaje deberíamos verlo juntas; esta noticia te interesaría a vos; serías feliz comiendo este helado; no tolerarías esta situación; me aconsejarías al contrario de lo que estoy haciendo en este momento. Y así. La muerte me dejó eso. La incomodidad eterna de saber que ya no estás.
Y no se trata de mí. Lo sé. Eso es algo que me enseñó tu nieta mayor cuando estabas internada. Hacemos de la enfermedad y de la muerte de los otros algo nuestro cuando en realidad no lo es. Cambiamos el foco porque somos esos humanos insoportables, egoístas, inevitables, que siempre estamos pensando en nuestras propias tristezas e incomodidades. Sé, honestamente, que no se trata de mí aunque sea yo la que te escribe y la que siente este aluvión de cosas desde que te moriste. Ahora -la espina- vos sabrías mucho mejor que cualquier otra persona qué decirme. Seguramente soltarías distendidamente un “acabala Melisa”, como todas esas veces que yo me ponía densa con un tema, con algo que quería, lloraba, me enojaba. Y yo simplemente, terminaba el asunto y punto. Porque lo decías vos y me bastaba.
Afuera y adentro está todo revuelto abue. Ahora nos olvidamos un poco porque tenemos una distracción, juega Messi, como te conté más arriba y suena esa canción que quizás te hubiese encantado en donde decimos que nos volvemos a ilusionar. Que elegimos creer. Que quizás el mundo por algunos segundos nos va a parecer menos cruel si ganáramos de nuevo el mundial. Pero a esta altura ni siquiera estoy tan segura de eso. Está todo revuelto y difícil. Aquello que tendría que haber cambiado, como el hecho de que tus bisnietas, tus hijas y nietas puedan salir a la calle tranquilas sin tener miedo, no cambió. No importa en qué país estemos, las calles, las casas, los trabajos, siguen siendo lugares muy hostiles y peligrosos para las mujeres. ¿Qué dirías ante cada nueva muerte que sale semanalmente en los noticierons? La espina, otra vez. Quisiera escucharte en la queja y la indignación.
Quizás, también me parece todo muchísimo más revuelto y difícil porque no estás. No estás vos ni tampoco está el abuelo. Es cierto que los veo en todos lados. En el fondito de la olla de las empanadas que armé ayer, que, contrario a vos, las hago sin pasas de uva porque las detesto. También los veo en el mate de la mañana, cuando paso al lado de alguna casa en donde se escucha la radio, en la música que escucho o en la menos sutil: pegando fotos de ustedes por toda la casa. ¿Me enojaría con el abuelo si pensara distinto que nosotras? Sí, creo que si. Porque los extraño y los necesito pero lo generacional sigue existiendo aún hoy, abue. ¡Las cosas que una tiene que escuchar, de gente hasta de mi propia edad! Te lo dije, el mundo está revoltoso y difícil. O mejor dicho, las personas, están revoltosas y difíciles.
Te escribo mirando el mar. Porque cuando nos dejaste me fui a vivir al mar. Primero en Centroamérica y luego en Europa. ¿Qué dirías? Pagaría lo que no tengo por saberlo. Te escribo mirando al mar, tomando mate, desde temprano. Escucho a los vencejos que pasan a centímetros, a una velocidad que no se entiende. Me siento feliz en este momento y lo disfruto. Porque en algún momento también entendí que no podía ser feliz siempre si no que en ciertos instantes sentiría una felicidad y un agradecimiento enormes por el mar, el mate, la salud de mis hijos y un plato de comida. No mucho más que eso. Me siento feliz y un poco vacía. Las mañanas suelen ser así. Porque no tengo todo lo que quiero y no me refiero a nada material. Pero luego, durante el día, voy llenando ese vacío con pequeñas gemas que voy encontrando mientras…. vivo.
Y leo un libro que te hubiese prestado después. Preparo algo rico que te hubiese encantado. Hablo con Felipe por teléfono y le digo que faltan solo siete días para vernos, como te lo diría a vos. Le saco una foto al mar con un velero a lo lejos -seguramente te la estaría enviando-. Escribo algo lindo que quizás te hubiese gustado a vos también -porque también empecé a hacer esto, abue, a escribir más-. El día así va opacando un poco el vacío, ese que me parece que sentimos un poco todos hoy, el de la crisis del propio mundo, el que nos va agitando un poco la existencia y nos va dando alarmas. Las que yo escucho todo el tiempo son las de “tiempo de volver a las bases”. Y hago este chiste de hacerme hippie hace ya tantos meses que creo que al final será lo más sano. Vos, que me conocías tanto, dirías que no podría, que tengo gustos caros, que me gusta la buena vida. Pero lo que antes era buena vida cambió un poco en concepto y me conformo con esta vista al mar, abue. Que sí, es cierto, también hay que pagarla. Tengo que seguir entonces trabajando y demorando un poco esta idea de vender empanadas en la playa hasta que sea el momento. ¿Cuando los chicos sean más grandes, quizás?
Está revoltoso y difícil. Voy a decirte que perdí la esperanza en la humanidad, no porque sea realmente lo que siento, pero sí es lo que pienso. Y sabés bien que no siempre mi corazón y mi cerebro van de la mano y así es que estoy aquí ahora porque si estuvieran más conectados creo que hubiese hecho durante toda mi vida, todo lo contrario de lo que hice hasta ahora. Pero perdí la fe hace mucho y ahora, me está pasando lo mismo con la esperanza. Espero que algo fantástico suceda y que las personas en el planeta nos rebelemos ante aquello que nos hace daño y todo salga bien. Entonces va a haber tenido más sentido que tu paso por el mundo nos haya dejado a nosotras acá. A tu descendencia, digamos. Que haya tenido sentido el barco de tus padres de España a Argentina. Que haya tenido sentido tu esfuerzo y valor ante la vida. Que haya tenido sentido luchar por lo que querías y finalmente, morirte abrazada por mil brazos de amor. ¿No?
Sí, ya sé que al final siempre me pongo trágica y dramática. Sobre todo, últimamente. Simplemente no lo puedo evitar.
Ahí viene Martina, tu segunda bisnieta. Tiene la cara de quien todavía sigue en sueños, el pelo totalmente enmarañado -esa melena que vos tocabas, peinabas, alababas tanto- y hace un gesto tocándose la panza porque siempre se despierta con hambre. No puedo explicarte lo grande que está.
Voy a prepararle el desayuno en mi cocina que finalmente es grande como siempre la quise. Mirando al mar, abue. Mirando al mar.



Te quiero bella Meli! A vos y a tus mágicas palabras… Gracias !
Te leo, me conmuevo y te entiendo, una no deja nunca de plantearse la injusticia en todas sus formas, me llevo muchos años y aún me cuesta aceptar que lo que sucede conviene? Esos bellos momentos que disfrutaste con ella fueron una bendición, sentite privilegiada por ellos. Aceptar y continuar desde nuestra mejor versión es lo que nos queda. Lo estás haciendo bien! Seguramente te diría 💖te amo