Puérpera
Nada que agregar.
El 5 de febrero de este año -2025- abrí una hoja en blanco de Substack y la titulé “Puérpera”. Venía con este tema en la cabeza dando giros sin parar por la simple razón de que tenía amigas a punto de parir o con bebés recién estrenados. Las conversaciones que se daban en torno a eso, los consejos, las angustias y demás cuestiones habían reabierto una, llamémosla, herida, cicatrizada hace no mucho tiempo.
A veces, peco de demasiado comprensiva con todo el mundo y por eso, decidí no escribir nada sobre el tema: como la gente que me lee en esta plataforma es de ambos sexos y también hay mujeres que no son madres, creí que iba a caer en una lectura injusta para aquellas y aquellos que no supieran muy bien de qué estaba hablando.
Pero estos días algo volvió a resonar en mí con respecto a ese estado hermoso e inmundo que significa parir y encima, después, tener también que vivir.
Pensé que quizás, debía escribir sobre eso justamente para que quiénes no lo vivieron pudieran comprenderlo (y acompañar) un poco mejor (a fin de cuentas, siempre hay alguien pariendo cerca nuestro) y para que quiénes sí, sintieran que no pasaron por un período de demencia ni que están solas en un cuarto oscuro de confusión.
No será una lectura fácil ni conmovedora, pero ser madre y padre se trata de resignificar lo arrollador que eso trae, con la diferencia que las mujeres solemos llevarnos la peor parte. También la mejor, lo admito.
En mis dos embarazos el parto culminó en cesárea. Con una diferencia en el medio de ocho años, tiempo suficiente para que me olvidáse lo que comprendía una cirugía mayor de una hora y una posterior patada en el culo con una enfermera y un obstreta que te gritan “vamos mami, arriba que ese bebé no se cría solo”.
En el primer caso (mi hijo) la intervención fue necesaria por una urgencia. En el segundo (mi hija) yo habría tenido un parto natural, probablemente doloroso pero más fácil para el después, si el hijo de puta del médico no se tendría que haber ido corriendo a un partido de rugby un sábado a la mañana. La violencia obstétrica existe y debería escribir una biblia sobre eso, también.
En ambos casos, desde el momento en que inicié las contracciones en mi casa, me sentí casi a todo momento perdida, angustiada, con un terror hitchcockiano y un dolor que no me dejaba a veces pronunciar palabra. Porque aunque suela llorar mucho, el dolor profundo me lo trago como si fuera un vaso de espinas. En ambas situaciones, me cortaron al medio, sacaron a mis hijos, se los llevaron, me cosieron y me dejaron sola en el quirófano “ahora viene a buscarte el camillero”. Sola. Lo repito. Sola.
Pero lo peor vino después. Voy a omitir lo obvio: el dolor y la vergüenza de tener que estar pasando por una tremenda post-cirugía, casi en pañales, caminando con una bata abierta que se te ve el culo y el alma, sin podear mear, cagar, dormir, estornudar, a veces, respirar; intentando que una cría con horas de vida se enganche a tu teta que está grande, dolorida, a veces llena hasta explotar, o también vacía como el Sahara; escuchando cien opiniones distintas a la vez de tu madre, tu abuela, tu suegra, tu amiga, tu pareja, la enfermera y el médico; el hecho de que el cuerpo solo necesita descansar pero tenés que estar más alerta que nunca; que la gente que tiene que acompañar (normalmente, maridos) está aún más perdida que vos y no son ni habilidosos ni experimentados; no tenés ni puta idea qué cosas son normales y cuáles no y, encima, tenés que ver la mirada apuñalante de un equipo médico que muchas veces te dice “te las vas a arreglar, es intuitivo” un poco juzgándote por no haber nacido madre y otro poco sabiendo que desde que cruzás la puerta a la calle, estás a la buena de… vos misma.
Eso, es un poco lo obvio.
De lo que nunca escucho a nadie hablar es de lo que pasa después. Ese umbral del cual me pareció importante escribir por los motivos que dí más arriba. El que se atraviesa cuando entrás a tu casa con fluídos escapándose por todos lados, un bebé a cuestas, una bolsa de pañales y las ojeras, a esa altura, ya por el piso.
Creo urgente y conveniente que empecemos a espabilarnos sobre lo que a una mujer le sucede en ese exacto momento y los dos o tres años siguientes (yo voy casi deicinueve y me siento aún puérpera e inexperimentada). El padre, se las apaña. En algunos casos, desaparecen. En otros, ponen su mayor esfuerzo y aún así, no alcanza. Otros tantos, hacen lo justo y necesario. En cualquier universo, jamás será ni justo ni suficiente el aporte masculino. A menos, claro -y perdón por la bestialidad- que muera la madre en el parto. Y dudo de que no haya una abuela o una tía detrás para que la criatura sobreviva.
Sobre el puerperio, hay muchas cosas escritas. Recomendaciones médicas. Tiempos estipulados. Cosas que deberían pasar. Actos que deberíamos completar. Vamos a las fuentes: “el puerperio es el periodo postparto que dura aproximadamente 6 semanas durante el cual el cuerpo de la mujer, incluyendo su aparato reproductor y hormonas, regresa gradualmente a su estado pre-embarazo, un proceso de “involución” o normalización que involucra cambios físicos (sangrado, involución uterina, lactancia) y emocionales, requiriendo cuidados especiales para la madre. El útero disminuye de tamaño, los músculos abdominales se recuperan y el cuerpo elimina líquidos acumulados. Sangrado vaginal que cambia de color (rojo, luego amarillo, luego blanquecino) debido a la cicatrización del útero. Las mamas se preparan para alimentar al bebé, aumentando la secreción de prolactina. Las hormonas del embarazo disminuyen y se normalizan, excepto la prolactina si hay lactancia. Pueden surgir ajustes emocionales, incluyendo la posibilidad de depresión posparto, que requiere atención. Cuidados Importantes: descanso adecuado y, si es posible, movimiento temprano. Higiene personal. Vigilar el sangrado y las contracciones uterinas. Observar los cambios emocionales y buscar ayuda si hay tristeza profunda. Seguir las indicaciones médicas sobre actividad física y cuidados generales.”
Una putada eh.
A mi me tocaron puerperios muy difíciles. Por distintas circunstancias, fueron de soledad. Con mi hijo, las noches las solía pasar sola por cuestiones laborales de su padre. Con mi hija, los períodos de ausencia de mi marido se me hacían eternos, porque trabajaba en otro país. Dí tumbos. Muchos tumbos. Fui yendo a ciegas, a veces desesperada y sin decir ni una palabra de aquello que atravesaba. Porque no nos criaron para eso. No nos criaron ni para quejarnos de la maternidad, ni para pedir ayuda, ni para decir no puedo más. Simplemente, tenemos que ir surfeando las olas de petróleo que trae el puerperio sin decir ni mú. Y aquí, no voy a omitir lo obvio:
el tiempo se transforma en algo muy misterioso porque pareciera que los días jamás llegan a su fin. Sucede un loop en donde los minutos se cuentan partiendo de cuándo tu hijo se alimentó, eructó, vomitó, cagó. Simplemente se pierde la noción de tiempo y espacio porque no solo no sabés si las horas que dormiste fueron cero o tres sino que, también, se suma que tu cuerpo ya no es tu cuerpo. Tu cama ya no es tu cama. Tus ideas, ya no son tus ideas. Y tus pensamientos se mezclan en esa extraña y confusa sensación de amar con toda la fuerza del mundo y querer desaparecer con toda la fugacidad posible. Y yo no siento que me haya ni siquiera acercado a una depresión post-parto.
A mi, la casa se me caía a pedazos. Aún en el orden impoluto en el cual siempre habitaba los espacios, sentía que me se pasaban los días sin entender ni quién era, ni qué quería, ni porqué había tomado ciertas decisiones. ¿Cómo se me había ocurrido ser madre? ¿Por qué nadie me dijo que me iba a pasar todo esto? Pero, la cocina producía la cantidad de comidas necesarias, los baños se limpiaban como en un local de comida que tiene que apuntar y firmar el horario de higiene, venían visitas y yo tenía la mesa con muffins de colores y jugo de naranja recién exprimido, la ropa se lavaba, colgaba, secaba y guardaba en su lugar; hacía las compras, guardaba los pañales en la parte de abajo del carrito, y me colgaba en la espalda una mochila y algunas bolsas en mis brazos, para volver caminando por las pocas cuadras del supermercado a mi casa.
Era funcional por fuera mientras por dentro, todo lo que era -lo que fui- se desmoronaba sin pausa. Todo lo que hacía parecía no ser suficiente, mis bebés lloraban igual, se despertaban por las noches, se enfermaban, se golpeaban. Iba a los controles pediátricos y anotaba peso, altura, centímetros de circunferencia de las cabezas, vacunas por dar, estudios de ojos, oídos. Cuando me tocaba a mi el control, era para quitar los puntos o sanar la herida y venía siempre la simple pregunta “¿Cómo vas, todo bien?”
¿Qué debería responder? ¿Que me ducho o cago con un bebé en el baño mirándome? ¿Que no sé qué mes es ni que hora pero que ya debería volver a trabajar? ¿Que no solo me duele ese corte que me hiciste en el medio del cuerpo sino que también me duele el corazón, el alma, o lo que sea que está dentro que no se puede tocar ni operar?
Bien, voy bien.
La madre sostiene. No se va de viaje, ni a jugar al golf, ni se junta con las amigas a tomar una birra después del fútbol. Y pocas veces -porque no soy ilusa y sé que sucede- desaparece. La madre se viene abajo. Hay molestias por todos los lugares posibles: las tetas, el útero, la cabeza, la cintura, las manos, los ojos. Hay daño en lugares que nadie sabe que existen. La identidad desaparece. La imagen que devuelve el espejo es de una persona desconocida. Lo que se hacía antes, es una vida pasada, es un recuerdo lejano, algo inalcanzable. A las 3 AM hay mujeres llorando sobre un colchón de vómito, de un bebé exorcista, preguntándose ¿cómo voy a superar esto? A cualquier hora del día, hay mujeres en todo el planeta tierra suplicandole al cielo diez minutos de descanso. Hace cincuenta mil años.
El puerperio dura lo que tiene que durar. En mi caso, creo que fueron tres años. Lo que me da un total de seis años entre mis dos criaturas. Fue el tiempo más maravilloso y cruel de mi vida. Fue el tiempo en el que descubrí que las mujeres somos realmente seres de otro planeta: me resulta injusto que nos llamen humanas, al mismo nivel que el resto. Fue el tiempo en el que crecí como en un potro de tortura -aquel en donde en la inquisición ataban de pies y manos a las personas y las estiraban hasta romperlas- y aún así, tampoco siento que haya aprendido tanto. También, fue el tiempo en el que comprendí que debía respetar, adorar, apoyar, abrazar, sostener, a cada mujer que fuera a parir, a amamantar, a quebrarse. Fue el tiempo en el que entendí a mi madre de sangre y a todo el resto -mis abuelas, mis tías, mis maestras cansadas, mis suegras, mis jefas, a todas-. Fue el tiempo que no creo que quiera volver a repetir, pero del cual no me arrepiento.
El embarazo no prepara a ninguna mujer para nada. Los contratiempos aparecen minuto a minuto. Nos sentimos mal, vomitamos, engordamos, se nos complica, nos internan, nos meten aparatos en los lugares más oscuros, nos hacen pruebas, punsiones, análisis, nos pinchan, nos dicen “a ver mami, abrite un poco más”, aún si todavía no somos mamis. El parto no prepara a ninguna mujer para nada. Los contratiempos aparecen minuto a minuto. Te inyectan, te meten agujas para romperte la bolsa, te cortan, te cosen, te aprietan. Todavía recuerdo el dolor letal de la inyección en la espalda. Cómo me ataron a la camilla de mi primer parto porque no paraba de temblar. Es que, claro, estaba cagada de miedo hasta la coronilla. Aún así, hacía chistes en el quirófano con mi primer obstetra, que quería tanto. El puerperio no prepara a ninguna mujer para nada. La desarma, la destruye, la minimiza, la hace trizas y de repente, sin saber porqué, ni cuándo, ni cómo, la rearma, la reconstruye, la exalta y la devuelve al mundo: como todas las madres normales que ves caminando en la calle. Tu mamá, la mía, la del vecino. Me gusta llamarlas las sobrevivientes.
Mis hijos me dieron las mejores horas de mi vida. Me las siguen dando. Mis partos y puerperios fueron difíciles pero todas las veces que dí la teta, dormí con ellos, los vi caminar por primera vez, decir mamá, abrazarme con conciencia; todas las veces que dibujaron un mamarracho y me dijeron “somos vos y yo”, me cagaron encima, me vomitaron, me llenaron de moco, rompieron cosas, me dijeron te amo; todas las veces que despierto y los veo, que los felicito o los reto, los acuesto a dormir o los llamo porque están lejos, hacen que aquel puerperio sea una niebla lejana, un recuerdo poco nítido de un vórtice que se abrió de forma paralela en dos momentos distintos de mi vida. Y nada más.
Glorificá a las madres que tenés alrededor. Llevales la comida hecha si acaban de parir. No digas ni una palabra sobre cómo hacen o no hacen las cosas. Acomodales el nido, llamalas y deciles que con vos pueden llorar. Repetí hasta el cansancio ¿cómo te puedo ayudar? si no vivís con ellas. Si sos pareja, hacé sin preguntar, ya sabés lo que hay que resolver, no le sumes carga mental a la que ya tiene. Nada más hermoso y espectacular que alguien que resuelve sin preguntar. No opines, no juzgues, no tientes al diablo que llevan dentro luego de no dormir durante meses porque el desenlace puede ser abominable.
Acompañá, abrazá, sostené, solucioná.
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En mi doble herida de la cesárea, todavía no siento casi nada. Cuando paso mis dedos sobre ella, sobre esa cicatriz tan diminuta a comparación del tamaño de mis hijos cuando nacieron, tengo esa agridulce sensación de haber atravesado una tormenta en el Pasaje de Drake con una balsa de papel de diario pero dentro de una bola de diamante, indestructible.
Será eso, quizás, el puerperio y la maternidad. Navegar en oceános movidos, con días soleados, nublados, aparcando en playas paradísiacas o anclando en el medio del cielo más oscuro y tenebroso. Todavía lo descubro. Todavía tengo dejos del puerperio. Todavía sigo sin reconocerme a veces. Todavía tengo preguntas sin responder y un listado de dudas que ni la propia naturaleza podría disipar.
Eso quería explicar sobre el puerperio. Ahora quizás sabés que es un territorio que se atraviesa y luego, entre una incomodidad un poco lúcida y un poco peligrosa, sale cojeando una mujer con el cuerpo resistiendo y la identidad hecha pedazos. Más amorosa o más enojada. Más cansada, seguro. Pero sonriéndole a sus hijos, sin importar el dolor, la angustia o las ganas de esfumarse. Sobrevivientes, eh. Sin dudas, sobrevivientes.
♥






Excelente descripción! 🫶🏼tampoco tengo sensibilidad en la enorme cicatriz de mi cesárea. Pero tener una hija es el mejor regalo que me dio la vida, el resto es anécdota al verla ❤️Gracias hermosa sobreviviente ! 🥰