La hoja en blanco
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La escritura forma parte de mi vida desde que tengo uso de razón. Mi memoria toma como punto de partida de mis recuerdos el momento en el que empecé a escribir. De ahí, hacia atrás, son reminiscencias difuminadas, que se activan solamente cuando mis padres, mis primos, alguna amiga, traen anécdotas al presente que iluminan esas partes de mi cerebro que se encuentran totalmente apagadas. Si no, no hay nada. Un espacio vacío que probablemente me sirva para volver a llenar el disco rígido interno con las experiencias que vendrán. Si es que es posible ocupar de esa forma el hipocampo. Me lo estoy inventando, a decir verdad.
Tuve, al inicio, cientos de papeles y cuadernos que completaba con poemas, poesías, sensaciones de enojo, tristeza, angustia. Sobre todo ese tipo de emociones, visto que gran parte de la producción de distintas temáticas empezó a surgir en la adolescencia, momento en el cual todo se resuelve de una forma tan intensa y profunda que era prácticamente imposible darle paso a la felicidad o a la alegría: más bien, era un cúmulo de palabras sobre corazones rotos, problemas existenciales y filosóficos (en ese momento leí la colección -casi- completa de Friederich Nietzsche, con todo lo que eso puede significar para una mujer de diecisiete o dieciocho años), soledades, peleas, amistades. Pasaba mucho tiempo sentada en plazas o por la noche en mi cama garabateando libretas que se deshojaban como árboles, con una BIC generalmente de color negro.
A veces, amasaba conceptos más complejos como el ciclo de la felicidad, el Universo, el amor y el desamor y compartía las hojas con un gran amigo que, también de puño y letra, me devolvía una refutación mucho más inteligente que la mía y me dejaba en coma literario sin saber qué más decir. La maravillosa y extensa época en donde nos comunicábamos de esa forma, intercambiando papeles como si fueran cocaína colombiana en la isla más VIP del mundo. Un elixir para las almas que asoman en la literatura y la filosofía.
Escribía cuentos, memorias, ensayos, poemas, con una fluidez que no sé si volví a encontrar en el camino. Y siempre, siempre, siempre, fue el simple y natural hecho de volcar en un papel en blanco mis emociones, el que me salvó la vida.
Cuando terminé el colegio, mi profesora de lengua y literatura, Silvia, me entregó la nota final de un ensayo sobre Horacio Quiroga que había escrito, titulado “Accidentalmente mártir” y me dijo “si en los próximos veinte años no escribís un libro, te voy a buscar”. Bueno, Silvia, acá estamos, sin libro, sin entusiasmo, sin razones profundas, con un montón de ideas y mil doscientos libros por leer para seguir mejorando mi escritura. La cual, como todo lo que hice en mi vida, crece y evoluciona por ósmosis universal, sin estudiar nada sobre la materia y rogando que por obra y gracia del espíritu de las letras, se cuelen en mis venas y en mi cerebro nuevas funcionalidades que pueda destrabar al sentarme a escribir.
La hoja en blanco es mi pesadilla. Todo lo que me quita el sueño por las noches antes de ir a dormir, se relaciona con los libros que nunca escribí. Se revuelcan por dentro tramas y personajes, la mayoría atravesados por mis experiencias personales, empujándose en mi pecho, causándome las taquicardias más molestas y benignas. Siempre que pienso que me voy a morir, me tranquiliza saber que no son más que un montón de ideas agazapadas en mi interior, golpeando desesperadas por salir. Suelo pensar que podría dedicarme a relatos cortos, porque me resolverían ese pesar de no poder terminar nunca una novela. También creo que los poemas se me dan muy bien. Pero me hacen sentir que no me alcanzan las palabras. Encontré en este formato digital una manera de ir drenando aquello que se cuela sin querer, lo que se filtra por algún orificio que tendré por dentro y simplemente sale y yo lo plasmo. Pero siempre está ahí, abierta en una ventana de mi navegador, la hoja en blanco.
La provocación. La forma que encontramos los que escribimos de auto-castigarnos. El recuerdo constante de que, todo eso que no está escrito en ese vacío, es porque no te animaste a contarlo, porque no te creés suficiente, porque la mente no se cansa de decirte que no escribís bien. Y no menciono porque nadie te va a leer porque eso, obviamente, es un hecho. El boicot es total. Razón por la cual también me cuesta mucho releer lo escrito y encontrar tantos errores absurdos que no hacen más que enunciar lo más fatalista de la historia: mejor dedicate a otra cosa.
Lo cierto -y aquí va porqué estoy relatando esto- es que la vida es un poco esa hoja en blanco. Es indiferente si es la decisión de ser madre o padre, hacer un viaje, renunciar a tu trabajo de mierda, divorciarte o casarte, comprar una casa o un violín, empezar una nueva carrera o dedicarte a la jardinería. La hoja en blanco de nuestras vidas es la constante. Nos socava. Nos toca los ovarios y las pelotas para decirnos simplemente “lo que decidas seguramente estará mal, aquí te planto la duda y el terror, a ver cómo lo resolvés ahora”. Estamos siempre ante un interrogante, bastante cagados de miedo, antes de lanzarnos a hacer, decir o escribir lo que sea.
Ahora bien, lo que creo relevante en estas instancias en donde el mundo se nos está poniendo un poco denso, complicado, traumático -dependiendo de en qué continente y país esté cada uno decidiendo vivir su vida-, es crear a pesar de todo. No importa si lo que nos sale por dentro es un dibujo espantoso o un poema lamento. Si pintamos horrible o cantamos como un perro moribundo. Si bailamos como si tuviésemos parálisis o cocinamos quemando todas las fuentes. Si lo que nos quita el sueño por las noches está ligado a algo que realmente queremos hacer, es hora de hacerlo.
Mal, con miedo, desprolijamente, sin tener idea o teniendo mucha. Vivo desahuciada, eso es lo que logran en mi las malas noticias, el desamor, las distancias, las bombas, el hambre. Porque todo me afecta de un modo distinto. Pero desde aquellos cuadernos escritos de forma inmadura, es que decidí volcar la sangre que me corre por las venas en hojas en blanco. Y aunque no le haya cumplido el deseo a Silvia ni sienta que esté lista para hacerlo, a mi, el simple arte de escribir, me sigue salvando los días.
Este es mi mensaje para que, quien lea estas palabras, haga lo mismo. En el arte que sea. En el deporte que sea. En el área de estudio que sea. No importa. La hoja en blanco siempre estará ahí. Insoportable. Inmune a todo. Asqueada de vernos vacilar, titubear. Pero hay que aprender a pelearse un poco con los propios demonios y salir y hacer. Sin más. Hacer.
Salir a caminar por el frondoso bosque lleno de pantanos que es un día regular de la vida de cualquiera, pero imprimiendo nuestras huellas de un modo único, particular, el que encontremos. Para distinguirnos de la persona de al lado, con aquello que tenemos que decir, enseñar, transmitir, explicar. Da igual.
Galeano decía “Si me caí, es porque estaba caminando. Y caminar vale la pena, aunque te caigas.” Sé que me vengo cayendo, tropezando, rompiendo los dientes, levantándome, limpiándome la mugre de la trompa y continuando, hace mucho, mucho tiempo. Pero acá estoy yo, escribiéndote a vos. Y ahí estás vos, leyéndome a mí. Entonces… ¿qué vas a hacer hoy? ¿Qué vas a crear para decirle a este terrible y fantástico mundo que está equivocado? ¿Con qué piedra vas a trastabillar para quitarte el polvo y seguir avanzando? ¿Eh?





Hola "mostra", me encantó "el coma literario"..jaja
Y si, capaz que te copa escribir un libro... o juntar esas hojas que estaban en blanco y ya no lo están y juntas forman un libro...
No te boicotees ( se escribirá así?)
Y como vos decis, " es hora de hacerlo...."
Te quiero mucho ❤️
Wow