Graciosos y valientes
Sobre el fin de todos nuestros héroes
Cuando era más joven la rebeldía me brotaba por todos los poros que existían en mi cuerpo. Cualquier cosa que yo pudiera hacer para salir de la media normal de la humanidad, iba sin problemas y la hacía. Nada que pudiera afectar mucho a mi familia, ni causar grandes problemas al entorno, ni que me llevara a terminar cara a cara ante la policía -aunque algún hecho, alguna vez, estuvo rozando aquello-. Porque siempre tuve miedos y aunque cualquiera que lea mi vida de los últimos veinte años pueda pensar lo contrario, mi rebeldía siempre fue medida. Porque la gran mayoría de las veces supe cuándo frenar.
Siempre imaginé que mi vida iba a ser una de lucha constante por desencajar, para conseguir lo imposible, para ser de esas que el resto se gira a mirar porque lleva una zapatilla de cada color o porque canta alto con sus auriculares puestos en la calle o porque ante un evento injusto, alza la voz.
Me esforcé porque eso fuera así. Necesité siempre un poco de descontrol emocional, de algún grito desaforado, de mis padres poniéndome en penitencia por hacerme un aro en la lengua, por querer tatuarme siendo menor de edad -y después correr a hacerlo un día después de mi cumpleaños de 18-, por ser la irreverente, la sin filtro, la que decía la verdad ante todo o mentía sin escrúpulos para zafar. Siempre intenté destacar en la rebeldía. Y en todos esos momentos sentí que lo lograba.
Hoy siendo un poco menos joven que en aquellas épocas me doy cuenta que en realidad de rebelde no tenía mucho y que todas esas picardías son iguales a las de cualquier otro adolescente. Aunque es cierto que hay varios capítulos que me gustaría transcribir de mi hipocampo al papel porque son un lujo de anécdotas, en líneas generales al final, mi infancia, mi adolescencia y mi primera adultez no fueron tan épicas como en ese momento yo lo creía.
Un montón de cosas las mantengo. Y sí, uso zapatillas de distinto color y sí, voy a gritar ante cualquier injusticia y sí, educo a mis hijos también en la rebeldía, pero, no estoy ni conquistando países ni saliendo a marchar por cada causa con la que me siento alineada. Porque siempre tuve esa rebeldía cómoda, la del miedo profundo, la de una nena que ante todo tiene ocuparse de no llevar demasiados problemas y sobre todo, ahora, de grande, de no morirse hasta los cien años.
Lo cierto es que en todos esos momentos a mí lo que más me pesaba era la inteligencia. Era una mujer linda pero tampoco tan destacable. Mi miedo más grande no era ni con mi cuerpo, ni con mi belleza, ni con el qué podían pensar de mí. Sino con mi inteligencia. Con lo que yo misma pensaba de mi propia capacidad intelectual. Y leía. Leía y escribía muchísimo. Elegía lecturas difíciles. Amaba con todo mi corazón a Nietzsche -de hecho, ese primer tatuaje que hice en una esquina de una casa de tatoos en Olivos era un resumen del libro Así hablaba Zaratustra, en letras chinas porque, sí, estaba de moda tatuarse en chino-, me esforzaba por repasar y releer cada página pero aún así, muchas veces me costaba discutir sobre filosofía porque olvidaba los conceptos al día siguiente. Mi profesor de esa materia del colegio me adoraba. La de literatura me amenazó, luego de ponerme un 10 final en 5to año, con ir a buscarme en el futuro si no publicaba una novela.
La matemática me partía al medio, la física y la química me destruían, los conceptos más complicados de la geografía o biología me costaban muchísimo. Entonces yo me sentía una persona completamente estúpida. Al día de hoy, eso no cambió. No puedo responder velozmente 8x6, ni hacer una división simple mentalmente y si bien he aprendido muchas cosas de la biología, todavía puedo llegar a confundir un montón de países, no me quedan tan claros los conflictos bélicos de la historia y tengo nebulosas completas sobre todos los conceptos que aprendí en el tiempo que duré en el colegio y en la Universidad.
Siempre tuve grandes contrastes en mis estilos de vida. Creería que esa es la razón por la cual en cualquier ambiente me adapto bien. Salía de la escuela pública a la tarde y me iba a entrenar en un club de tenis (que jamás hubiésemos podido pagar para ingresar pero la necesitaban a mi madre para sus equipos) en donde muchas veces escuché cosas como “ahí está la que va a la escuelita número ocho”, y a mí me hacía sentir vergüenza y me enfurecía, pero como al mismo tiempo yo sabía que aquel varoncito rubio no podía leer Nietzsche ni nada demasiado profundo, a mí me daba cierta tranquilidad. La gran mayoría de mis amigos veraneaba en Uruguay o en Estados Unidos y tenían buenas zapatillas, buenos autos, casas o departamentos muy grandes, colegios bilingües. Así, siempre me esforcé por encajar, nunca desentonar con los espacios. Tenía que intentar ser inteligente, y si no, muy rebelde. Sabía que mis armas en la vida iban a tener que ser esas. Las del intelecto. Las de ser más rápida que el resto, más emprendedora. Llamando la atención, corriendo el foco de lo que los demás quizás miraban y yo no quería que lo hicieran.
Nos acomodamos bastante rápido. Las personas que transitaron conmigo esa etapa de mi vida hoy son mi zona segura, mis hermanas y hermanos en esta vida. Y no hubo ningún sobresalto. Pero yo no mejoré en matemáticas y quedé clavada en una persona mediocre, más vieja, super creativa, sin dinero en el banco, con dos hijos muy grandes para tener solamente treinta y nueve años y una vida que hoy me entra en dos valijas y nada más.
Todo ese camino transitado hasta aquí estuvo marcado y se mantuvo sobre los pilares de mis héroes. Los distintos. Las distintas, sí. Escuchaba Pink Floyd y Charly García. Intentaba -intento- estar a la par de mis amigos y primos que eran muy superiores a mí en intelecto y entendían, por ejemplo, las letras de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota sin dificultad. Yo tenía que escuchar detenidamente para estar segura que estaba comprendiendo el significado de la canción. Recorría bibliotecas y elegía los títulos y los temas más difíciles. Sociología, historia latinoamericana, literatura antigua. Aprendía inglés en el colegio -cuando pasé de la escuela pública a la privada- y escuchaba toda la música posible en ese idioma para aprender más. También compraba cassettes y CDs de música clásica, jazz, reggae y claro, rock. Puse toda mi energía en buscar la claridad que necesitaba para entender quiénes iban a ser mis referentes en la vida y aferrarme a ellos todo lo posible.
Quizás con menor intensidad, hoy lo sigo haciendo.
Pero hace unos días uno de esos héroes se fue del mundo y si bien todos esperábamos que el Indio Solari muera a causa de su enfermedad, el dolor se sintió igual.
Entonces, hablando con mi hijo por teléfono, hicimos un silencio incómodo y nos dijimos “ya no nos queda nadie”. “Bueno, Charly -García- todavía está vivo”. Y cuando cortamos, sentí un vacío enorme. Ese que se viene haciendo más profundo últimamente. Ese que me regala el mundo cuando me habla de inteligencia artificial, del fin de una era, de armas nucleares, de gobiernos de derecha, de inmigración, de la muerte del arte, la creatividad como la conocíamos y sobre todo, de la inteligencia de la humanidad.
A mí la poesía y la música me atravesaron la vida. A mí el esforzarme por destacar, por ser rebelde, por creerme que realmente podía ser inteligente, me hicieron fuerte y valiente. A mí Lennon, Waters y Gilmour, Hendrix y Spinetta, Galeano y Benedetti, Bukowski o De Beauvoir, Fitzgerald y Simone, el Indio Solari, La Renga, Paez y Charly García, Mistral, Pizarnik y Storni, todas y todos, los grandes, los no tan conocidos, los chiquititos, los medianos, me hicieron ser quien soy hoy. El teatro del barrio: esas clases en Saavedra impartidas por la Casa de la Cultura con el profesor que se llamaba Rodi; el querer imitar a mis amigas en los conceptos que yo no alcanzaba todavía a comprender; el desear tener la rapidez mental de mi prima a la hora de discutir de política; las bajadas en bicicleta a toda velocidad en el bajo de Vicente López escuchando a Marley, Nonpalidece, Easy Stars All Stars. Hasta hoy, que mientras escribo escucho la mejor música clásica del mundo y cuando termine voy a encender las noticias para ver cómo millones de personas -quizás también mi hijo esté entre ellos-, en el país que me vio nacer y que no piso hace tanto, despiden tocando un cajón marrón, con las caras desfiguradas de tristeza, al hombre que me hizo amar el rock argentino aunque nunca haya podido aprender -ni entender- todas sus letras. Al líder de esa banda que me mostró otro costado de la poesía, la rebeldía, la política y la marginalidad.
Y voy a ver cómo muere uno más de los pocos que quedaban y con ello, se me van terminando los referentes, los que se exiliaban y seguían escribiendo, los que podían realmente dar la vida por su país, los que eran músicos o conquistaban países, los que iban en búsqueda de la grandeza por amor a un ideal. Los que no resolvían su día a día usando inteligencia artificial ni corregían sus escritos metiéndolos en una edición automática. Los que formaron a mi generación, a la anterior y la siguiente. Los que no tenemos ni la menor idea si volverán a surgir. Los que nos anunciaron que todo esto iba a pasar si no cambiábamos algo. Y aún así, no hemos cambiado nada.
Me gusta pensar, de cualquier modo, que al final, vamos a cambiarlo todo. Los que escribimos todavía. Los que llenan partituras. La maestra que abraza al pibe en el colegio o le da el desayuno que no recibe. El aspirante a médico que estudia y trabaja mil horas porque cree en la ciencia y en su futuro. El obrero que va a mandar a su hijo a la universidad pública y gratuita. La persona que aprende a cambiar de opinión por un mundo mejor. El que puede arrepentirse sin sentir vergüenza por tomar decisiones equivocadas. Los que ahora están pintando un cuadro o escribiendo poesía. Los que nos seguimos esforzando por pertenecer al mundo que nos toca pero tratando de ir un poco en contra porque si no, el planeta va a la horca directo.
Los que bailamos. Los que sonreímos mirando al Sol. Los que antes de dormir respiramos profundo, un poco por el cansancio, otro poco por la angustia, un gran tanto por la felicidad de estar vivos. Agradecidos por la salud, por la familia, los amigos.
Se van a morir los pocos que quedan. Ya no tendremos referentes que escuchar en vivo. El mundo cambió muy rápido para los que vivimos con una sensibilidad diferente. Pero no importa. Porque el Indio no se murió del todo. Ninguno de los grandes se muere del todo. Se mueren en los cajones marrones y en las necrológicas y en el silencio incómodo de una llamada con tu hijo cuando ya no sabés qué decirle.
Pero siguen vivos en algún lugar exacto y preciso: en la primera vez que mi hija escuche una canción que la parta al medio sin poder explicar por qué. En la próxima vez que yo escriba sin entender muy bien de dónde viene lo que escribo. En cada uno de los que todavía, contra toda lógica, elegimos la belleza sobre la comodidad. Porque, acá estamos. Los que llegamos siempre un poco tarde a todo. Los mediocres brillantes, los rebeldes cómodos, los que nunca pudimos comprender todas las letras pero nos las sabíamos de memoria igual. Los que lloramos a los que se van y después apagamos las noticias, ponemos música, y seguimos. Los que somos demasiado pequeños para ser héroes y demasiado tercos para quedarnos callados.
Acá estamos. Ojalá que nos alcance.







