Ctrl+z
Sobre no sentir vergüenza
Deshacer lo hecho. Deshacer lo dicho. Deshacer lo vivido. Deshacer las heridas. Deshacer el sí. El no. Deshacer lo que somos para ser lo que queríamos ser en realidad. Deshacer el recuerdo que pesa, el trauma. Por qué no, el duelo. Que vuelva quien tenga que volver. ¿Cuántas veces necesitamos que nuestra vida tenga un Ctrl+Z? Como cuando nos equivocamos en la acción tecnológica y simplemente apretamos esas dos teclas y ¡bum!, listo, se deshizo aquello que hicimos mal.
Dicho esto, vale traer a colación a la -chan chan- experiencia. “Sin los errores no aprendemos…” “Si deshiciéramos todo aquello que nos dañó, lo que hicimos mal, no estaríamos forjando una personalidad, un camino de sabiduría…” “Si esa persona no nos hubiese lastimado tanto no habríamos…” “Si no te embarcabas en esa carrera no estarían hoy en tu vida…” “Si…” Si. Pero también no.
Estas últimas semanas giro en torno a este concepto de deshacer lo vivido. Si pudiera tener un super poder, ¿de verdad todavía sería volar o ser invisible? ¿O tendría el coraje de desear la magia universal de poder borrar acontecimientos? O mejor aún, ¿de volver atrás en el tiempo y tomar decisiones de forma diferente?
¿Realmente aprendemos de nuestros errores? Creo que son pocas las personas en esta esfera que flota en el espacio que aprenden realmente de sus errores. Creo también que de los millones que somos, la gran mayoría quisiera tener esa capacidad de volver el tiempo atrás. Quizás no para tener a los muertos otra vez palpables sino para decirles las palabras justas antes de partir. Quizás no para elegir una profesión distinta sino para en el mientras tanto disfrutar de la juventud de otra forma. Quizás no para embarcarse en una relación diferente sino para haber tenido la capacidad de poner límites a tiempo. Quizás no para dejar despegar ese avión sin uno arriba, sino para haber subido con todos los que realmente iban a hacer falta.
Ctrl+Z y que eso que hoy pesa se esfume. Ctrl+Z y en vez de ser abogada ser actriz. Ctrl+Z y haber abrazado mucho más a la abuela y al abuelo. O a mamá o a papá. Ctrl+Z y haberte quedado con tu compañero de secundaria. Ctrl+Z y no haber discutido con tu amiga que murió horas después en un accidente. Ctrl+Z y no haberte dado la vuelta en esa sala de hospital. Ctrl+Z y haber dicho no en vez de sí todas esas veces. Ctrl+Z a las emociones reprimidas, a las palabras no dichas, a los encuentros no consumados, a los viajes que no se hicieron a tiempo, al dinero no ahorrado, a la locura del momento, a la decisión compulsiva.
Hubiese apretado esas dos teclas miles de veces en mi vida. Y no es que a raíz de eso hoy las cosas serían muy distintas. De hecho, si me vieran de lejos todo sería más o menos igual, aunque, mi interior estaría un poco más en paz. Y no, no siento que haya aprendido mucho de mis errores pero sí creo que la coraza está un poco más gruesa; lo impulsivo que antes era de rojo intenso hoy es más bien un rosa degradé. Soy más endeble con algunos y mucho más dura con otros. Más firme en mis creencias pero hiper blanda en reconocer las de otros. Buscando más el silencio y la escucha en vez del habla y la imposición de palabras. Implementando un realismo mágico mental que me sirva para poder subsistir a lo pesado que se me vuelven los días a veces (con el 90% de la gente que amo lejos -incluida la mitad de mi corazón, o sea, mi hijo-), en donde invento un baúl inmenso para ir depositando los arrepentimientos.
Porque los tengo. Y son muchos.
Algo que de a poco me va regalando la madurez -esa que por algún motivo se me da bastante mal- es el poder decir estas cosas sin avergonzarme, sin sentirme expuesta o vulnerable. Porque en todos los humanos que conocí hasta ahora encontré siempre esa pizca de necesidad de liberación, de decir “me pasa esto y me da vergüenza” pero luego, al decirlo, se dan cuenta que no es un sentimiento desértico, solitario, sino más bien, bastante compartido.
Antes solía decir que reharía toda mi vida de la misma forma, que no me arrepentía de nada, que fue bastante intensa hasta ahora pero que todo lo había elegido yo. Pero esa sensatez, esa experiencia, esa adultez en pleno desarrollo me revela que no. Que no haría todo de la misma manera. Que sí me arrepiento y de muchísimas cosas. Que no movería ni a una sola persona del lugar que tienen hoy -las que están, las que no deberían estar y las que ya no forman parte- pero que sí realizaría, probablemente, todo de un modo distinto.
Y que realmente desearía tener ese Ctrl+Z guardado en el bolsillo para respirar un poco más ligero cada día.
Ayer mi hija volvió de la escuela y, mientras ella se quitaba los mocasines y yo ponía agua en la pava para un té con miel porque su tos había aumentado un poquito, me deslizó antes de salir disparada a su habitación algo así: “má, viste lo que me dijiste de que a veces se corta la luz en todo el barrio y no solo adentro… bueno, ayer hablé con Sofía de lo que me pasaba y a ella le pasa lo mismo, tenías razón, es mejor hablarlo con otros”.
Ese comentario venía de una charla que habíamos tenido unos días antes en donde le hacía un parangón entre un corte de luz y los sentimientos: “quizás deberías hablarlo, Mar. Mirá, a veces se corta la luz en tu casa. Y vos te desesperás y buscás velas y te fijas si saltó la térmica y te quedas ahí esperando que pase algo. Cuando en realidad, lo primero que deberías hacer es salir afuera. Mirar alrededor. Preguntarle a tu vecino si también tiene luz. Fijarte si funciona el ascensor o la lámpara de entrada. Esto es lo mismo. Que te lo guardes para vos va a hacer que te sientas más oscura por dentro. Conversalo con alguna amiga. A ver si le pasa algo parecido”.
Por eso te cuento hoy esto. Porque yo le quité el peso de la culpa o la vergüenza a lo que me pasa. Y sí, desearía con todo mi corazón deshacer un montón de cosas que pasaron. Y sí, me arrepiento de muchas decisiones mal tomadas. De cosas que dije y que no dije. Que hice y no quería. Sobre todo, que no hice y quería. De todos los sí que dejaron un no atolondrado, queriendo salir, en el pecho. Pero está bien así.
Estamos también bien así. A fin de cuentas, como dice -más o menos- aquella famosa frase que vi pintada en una pared en una calle de Buenos Aires, es por esas hendijas, por esas grietas, por esas roturas que tenemos, que entra la Luz.



