Cosas posibles
Alicia en el país de todas las maravillas posibles
En “Alicia en el país de las maravillas” -el libro de Lewis Carroll-, la Reina Blanca incita a Alicia a creer en seis cosas imposibles antes del desayuno.
- Y ahora te diré a ti algo en qué creer: acabo de cumplir ciento un año, cinco meses y un día.
- ¡Eso sí que no lo puedo creer! -exclamó Alicia.
- ¿Qué no lo puedes creer? -repitió la Reina con mucha pena; -prueba otra vez: respira hondo y cierra los ojos.
Alicia rió de buena gana: - No vale la pena intentarlo -dijo. Nadie puede creer cosas que son imposibles.
- Me parece evidente que no tienes mucha práctica -replicó la Reina. - Cuando yo tenía tu edad, siempre solía hacerlo durante media hora cada día. ¡Cómo que a veces llegué hasta creer en seis cosas imposibles antes del desayuno!
Cuando vi de nuevo las películas hace pocos días con mi hija (las versiones de acción real más recientes que hizo Disney), quedó dando vueltas el concepto en mi cabeza de pensar -aceptar, hacer, creer- cosas imposibles cada día. En el film, es el padre de Alicia el que le da la sugerencia (esas incompatibilidades libro-peli que suelen suceder) y es por eso que, en aquel mundo de maravillas, al tener que enfrentarse a esa especie de dragón Jabberwocky que lanza fuego por la boca, se dirige al encuentro repitiéndose seis cosas imposibles: hay una poción que puede encogerte, existe un pastel que te hace crecer, los animales hablan, los gatos desaparecen, hay un país de las maravillas y ella, claro, puede destruir al Jabberwocky.
Alicia es una película a la que me encanta darle play una y otra vez. En todas las versiones que existen. Resignificarla, encontrar nuevos ángulos para comprenderla, pensar en aquello que creía a los 7, 8, 9 años al verla y en lo que creo ahora. Hilar mi imaginación con la de mis hijos también en cada una de sus etapas. Aferrándome siempre un poco más a esa idea de que las personas más brillantes son esas genuinas, creativas, excéntricas, auténticas, consideradas siempre como “locas” o “diferentes”.
“Temo que sí, te has vuelto loco. Pero te diré un secreto: las mejores personas lo están”.
— Alicia al Sombrero Loco
También, esa concepción tan hermosa de la muchosidad, que invita a mantener siempre nuestra esencia, nuestro profundo sello personal que a veces perdemos por sobreadaptarnos, intentar complacer a los demás o simplemente, crecer y pertenecer. El Sombrerero le toca el corazón a Alicia diciéndole que ya no es muchosa… está perdiendo su muchosidad: la falta de confianza en ella misma, la pérdida de la imaginación y entonces, de su autenticidad. Es una escena que me encanta.
Ahí quedaron esas revelaciones sobre lo imposible y lo real en mi mente en las últimas dos semanas, girando como un torbellino en pleno otoño, revoloteando todas las hojas que tan tranquilas estaban en el suelo. Preguntándome cuánta capacidad de asombro habré perdido en todos estos años de volverme adulta. Cuántas cosas habré dejado de imaginar. Todo aquello que antes me entusiasmaba hacer solo porque me parecía imposible pero hoy, decido mejor no intentarlo para reducir los riesgos de mis propias frustraciones. O cómo a veces me enoja un poco la gente que insiste con ir detrás de aquello que parece inviable, simplemente porque yo ya no me animo a tanto (y lo digo habiéndome tirado a un precipicio tantas veces en mi vida, o sea, con conocimiento de causa).
Entonces, recorriendo una calle con salida al mar con mi cuerpo y, con mi mente, sus pasillos todavía inexplorados, hace unos días me di cuenta que quizás ahora no podía dedicarme a lo imposible porque mi tanque de energía está repartido y limitado de formas que no logro equilibrar. ¿Qué cosas serían imposibles pero las deseo hoy? No es extensa la lista. De hecho, es bastante corta. De esas cosas imposibles ¿cuáles son realmente imposibles? Más corta la lista aún. Entonces, antes de permitir que la frustración me invada y la desilusión sobre mi misma se convierta en una pancarta atravesando el cielo por una avioneta con la leyenda “no vas a poder con ninguna de esas cosas” me propuse hacer algo mucho más simple.
Pensar en seis cosas posibles. Antes del desayuno. Como Alicia, pero bajado a la tierra real de mis propias maravillas.
Me cuesta mucho ir a lo mínimo. Porque mi mente es grandilocuente y le encanta pensar siempre que es TODO o NADA. Sin puntos medios. Es por eso que las cosas pocas veces se completan, la disciplina falla, la frustración crece, los objetivos se vuelven insostenibles y entonces, por supuesto, todo me parece imposible. Internamente, el país de las maravillas puede dejar de ser un lugar fantástico y lleno de color y convertirse en un lugar más bien oscuro con caprichos sin sustento y un montón de deseos sin cumplir, hojas sin palabras, viajes invisibles y materias sin aprender.
Así que, seis cosas posibles fueron una linda idea y una mejor salida para redecorar todas las provincias de mi país maravilloso.
¿Cuáles son las cosas posibles que podemos cumplir en un día? ¿Cuáles son esas pequeñas acciones que nos dan el golpe de realismo que necesitamos para convencernos de que sí, podemos, de que sí, muchas cosas son posibles?
Hay días que esa lista puede verse así:
Levantarme de la cama sonriendo
No usar el auto, ir en bici a hacer las compras
Escribir tres líneas de un poema
Llamar a mi hijo y preguntarle qué le está pesando en su mente
Cocinar un plato que me haga acordar a mi abuela
Anotar tres lugares que quiero visitar este año
Otras veces, pueden ser cosas también posibles pero que requieran más esfuerzo:
Correr 10 kilómetros
Sacar turno con todos los médicos que tengo que visitar
Replantear mi modelo de negocio de la agencia
Tener esa conversación pendiente
Planificar las próximas vacaciones
Limpiar las ventanas de toda la casa
Y hay veces que lo que me sale es algo así:
Sentarme una hora a pintar
Mirar el mar
Escuchar música
Ir al súper
Cosas posibles. Cosas que sé que puedo lograr con mucho o poco esfuerzo. Cosas que me incomodan o me dan placer. Cosas que quiero con todo mi corazón o cosas que detesto hacer. A fin de cuentas, las que juzgo posibles.
Lo que sucedió con el correr de los días, fue que me encontré imaginando, anotando o creyendo, también, en las cosas imposibles. Las empecé a considerar. Las tuve presentes. De un momento a otro, las creí también posibles. Porque en ese sentirme suficiente, capaz, no tan limitada; en ese acto de presencia real seguido de un logro, pequeño, ínfimo, aquella muchosidad comenzó a hacerse visible.
En ese hacer con nuestros propios métodos, con confianza, sabiendo que en nuestra forma de realizar lo mínimo de cada día, está nuestra autenticidad, surge la posibilidad. No la grandiosa. No la épica. La real.
Entonces el cuento del país de las maravillas no promete finales felices, pero sí movimiento. Nos devuelve la confianza. Y es ahí —no en lo imposible— donde vuelve a aparecer todo lo que somos. No como un talento extraordinario, sino como una práctica cotidiana. Como una forma de habitar el día sin traicionarnos.
Tal vez no pueda creer en seis cosas imposibles antes del desayuno. Pero sí puedo sostener seis cosas posibles. Y desde ahí, curiosamente, lo imposible deja de dar miedo.
Porque cuando nos demostramos una y otra vez que podemos con lo pequeño,
empezamos a recordar —como cuando mirábamos a Alicia cayendo al agujero de naipes, tartas y relojes sin tiempo— que también podemos con lo grande.







que bello lo que escribis, Meli.